Rol de las instituciones de albergue


Que las cosas escapen de sus formas
que las formas escapen de sus cosas
y que vuelvan a unirse de otro modo.
El mundo se repite demasiado
es hora de fundar un nuevo mundo
Roberto Juarroz

Tal como lo establecen las leyes nacionales y locales de promoción y protección integral de derechos de niñ@s, coincidimos en que la institucionalización debería ser el último recurso a implementar por los organismos intervinientes en pos de la garantía de derechos de la que son sujetos.

Desde esta perspectiva, consideramos fundamental la etapa de admisión y evaluación de un niñ@ que realizamos para su ingreso. En este sentido, institucionalizar a un niñ@ pareciera ser la medida más sencilla que toman los órganos administrativos de aplicación de las leyes, tornándose complejo el intervenir territorialmente en su comunidad y con las problemáticas de vinculación al interior de los grupos familiares, sin haberse agotado las instancias de abordaje familiar y territorialmente, tal como proponemos desde nuestro paradigma de intervención institucional.

De esta manera, el niñ@ que requiere de un sistema de atención especializada realmente presenta, en primera instancia, derechos personalísimos vulnerados; y en segunda, ausencia de referentes adultos que quieran y deseen vivir y hacerse cargo del acompañamiento de ese ser particular.

Nos encontramos con niñ@s inmersos en situaciones de vulnerabilidades integrales y/o con inestabilidades emocionales graves y/o con consumo problemático de drogas, mostrándose avasallados en su subjetividad, lejos de ser sujetos de derechos. En ocasiones, sus familias presentan las mismas características. Cabe aclarar que con ello no estamos expresando que los niñ@s que ingresan presentan situaciones de pobreza de ingreso en su familia y/o comunidad sino que las problemáticas se expresan con un carácter más integral y profundo, que escapan lo comúnmente llamadas “clases sociales”, donde la pobreza es afectiva, con carencia de recursos simbólicos, propio de esta época. En este sentido acuñamos el concepto de “desnutrición afectiva” para dar cuenta del estado en el cual se encuentran dichos niñ@s, caracterizado el mismo por la falta de lazo social –con otro familiar o no-, de solidaridad, de esperanza, de verse en otro, de sentirse y ser cuidado por otro.

En este ‘juego’, nos toca alojar a dichos niñ@s avasallados en su persona, y acompañar y fortalecer a los grupos familiares del mismo, lo cual requiere de un abordaje y trabajo integral para restituir lo mínimo que necesita ese niñ@ particular para que comience a ser considerado sujeto de derecho realmente.

La primera etapa del abordaje es el alojamiento, con el consentimiento del niño, que está caracterizado principalmente por el conocimiento de la situación integral de la historia de ese niñ@ y su familia, por el sostenimiento en el acceso a los derechos más mínimos que se le manifestaban vulnerados tales como: identidad, salud, educación, recreación, vinculación familiar, entre tantos otros.

Parecería ser que con un funcionamiento mecánico se lograría ello pero, cabe aclarar, que requiere de un intenso trabajo interdisciplinario e interinstitucional.

Primordialmente intentamos establecer un vínculo con ese niñ@, donde en ese comienzo de la intervención debemos manifestar cierta incondicionalidad para él, colocándonos en una posición de prestador de deseos y ganas de vivir, de esperanza, de que la construcción de otro proyecto de vida es posible. En este sentido, es necesario modificar la ecuación desde donde fueron mirados históricamente estos niñ@s en su trayectoria institucional, ya que antes de su ingreso han recorrido generalmente instituciones, (familias, escuelas, hospitales, hogares, comunidades terapéuticas, etc) y sus respectivas expulsiones, por presentar fragilidades psíquicas, en sus diversas manifestaciones. Debido a ello, debemos leer las historias de vida de cada uno desde la potencialidad que presenten como sujetos, y no que sus historias de vida sean sesgadas desde la lógica del déficit –material, simbólico, emocional-.

Esta postura institucional de “creencia en los niñ@s”, en variadas ocasiones, nos ha dejado solitariamente interviniendo en situaciones complejas, cuando las intervenciones formales ya no fueron suficientes para “bancar” el proceso del niñ@, y los organismos institucionales dejaron de intervenir porque “ese niñ@ no aceptó la política pública”, frase característica en muchos colegas. Es así que en oportunidades, hemos pecado de un optimismo desmesurado. Nos continuará satisfaciendo pecar en esta dirección.

A partir de este acompañamiento en el alojamiento intentamos construir con ese niñ@ un proyecto de vida acorde a sus deseos y posibilidades y partiendo de lo que él trae, sea éste de retorno a la convivencia familiar o de autovalimiento. Para ello, es necesario poner en funcionamiento otro mecanismo, el cual se intenta construir desde el comienzo de la intervención, donde se debería reflejar la construcción de un afuera habitable y con una red de sostén, y acompañamiento posterior. En esta red contenedora posterior, seguramente formaremos parte como lugar de referencia.

Por lo expuesto, existen situaciones donde la institucionalización de un niñ@ por un lapso determinado de tiempo, se convierte en medida de protección y promoción de derechos del cual son parte. Dicha medida debe funcionar como ordenador y soporte para reelaborar estrategias de apuntalamiento hacia ese niñ@ y su familia si la hubiera.

Resumiendo a través de lo largo de nuestra intervención intentamos convocar el deseo de ese sujeto, en principio prestando el nuestro, apostando a la construcción de un futuro posible, donde puedan ser agentes de sus derechos reales, con obligaciones propias, inculcándoles la posibilidad de que puedan ejercer una ciudadanía plena. Trabajamos para que ese niñ@ elija ser la mejor persona posible, haciendo el trabajo con las familias y/o referentes comunitarios, en aquellas situaciones posibles, entendiéndolos como un bastión clave en nuestro acompañamiento.

Por último, expresamos que el problema de la infancia dejó de ser moral, para transformándose en uno político, que necesita del compromiso social y laboral de todas las partes intervinientes, siendo la primera la política pública, teniendo presente siempre que el centro son los niñ@s por los cuales somos llamados en esta apasionante actividad de restitución.

Nota: Este artículo fue publicado en el (Informe Final de Gestión del Ministerio Público Tutelar 2007-2013 para más detalles ver link de enlace).

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